Cuando iba rumbo a Colombia para pasar Navidad en familia, me encontré en el avión con alguien que me dijo «Uno necesita de su hábitat natural de vez en cuando. Sea el mar, las montañas o la sabana…» En ese momento me pareció bastante razonable y sentí con todo mi ser que necesitaba estar cerca a esas montañas donde nací. Sin embargo, durante mi viaje recordé que lo que verdaderamente necesita uno es su gente. Los saludos cálidos, las comidas preparadas con lo que da la finca, las historias de los mayores, las ocurrencias del sobrino, los mimos de los papás, las caminatas con el perro, el cariño de toda esa gente que dejas de ver por un tiempo y que al final siempre te recibe con el todo el amor (Cabe aclarar que el aire de esas montañas oxigena el cuerpo y aligera el alma).
