El país que sueño, no el que me toca

Paisaje cafetero

Soy Colombiana, he vivido sin que me falte nada, he tenido acceso a la educación, he participación en espacios culturales, aprendido otros idiomas y sólo he sido afectada marginalmente por las consecuencias de la guerra, sin embargo soy consciente de que aunque muchos viven bien en este país, hay colombianos que día a día se ven afectados por las desigualdades y la inseguridad.

No quiero escuchar más la frase: “no se lamente, este país es en el que nació y debe acostumbrarse a vivir así”. Me niego a creer que la costumbre sea una buena aliada para construir un futuro mejor en cualquier país, no quiero seguir sintiendo miedo de expresarme, ni de salir; no deseo tener que dejar de presenciar una buena obra de teatro o de disfrutar de una velada entre amigos en un bar, sólo porque dicen que es mejor no ir al centro de la ciudad en la noche o que si voy a cualquier lugar debo ser precavida, ¿desde cuándo nos acostumbramos a vivir con precauciones y olvidamos que supuestamente somos seres libres?

Si todas las persona tuviesen la autonomía de elegir aquello en lo que desean desempeñarse y la posibilidad de potenciar sus cualidades, sin ser limitados por la falta de oportunidades en su entorno y la percepción que se tiene en algunas clases sociales sobre el futuro en el sector cultural, tendríamos más personas construyendo país desde la gestión cultural y menos desde el conflicto.

Pocas actividades potencian las cualidades de las personas mejor que aquellas que son producto de las manifestaciones culturales de una nación y espontaneas a cada ser humano; Colombia es un país que cuenta con un gran potencial en este tema. Sé que con obras teatrales, festivales musicales, apoyo a jóvenes artistas, diseminación de las tradiciones indígenas autóctonas, entre otras, no se va a acabar súbitamente la guerra en el país; pero si creo firmemente que si cada uno de los ciudadanos, sin importar su clase social, creyesen en el poder que tiene la cultura para cambiar eso que tanto los entristece y para vivir en el país que sueñan, se lograrían grandes cosas; ya que Colombia es un país con infinidad de riquezas naturales, humanas y culturales, que cuenta con más de 180 ritmos folclóricos, 102 etnias indígenas y gran variedad de fiestas típicas regionales. Aunque en la noticias de afuera resalten los malos actos de una minoría que desestabiliza a más de 46 millones de personas que son honradas, trabajadoras, solidarias y que quieren que las cosas cambien.

Es posible empezar a sanar las heridas del conflicto y la desigualdad, llevando esas cosas buenas que nos hacen llamarnos Colombianos a cada rincón del país, recuperando las tradiciones de nuestros ancestros, inculcándoles a las nuevas generaciones hábitos de lectura, de escucha ante las historias de los mayores, de disfrute de las artes y sobretodo de construcción de realidades, sin discriminación de clase ni de género.

Estoy convencida de que en mis manos está el poder de construir el país que sueño y que aunque otros digan que eso suena algo idealista, es posible si continúo participando y promoviendo las actividades y nuevas iniciativas culturales de mi entorno inmediato, de la mano de aquellas organizaciones y personas que trabajan activamente por el tema y que han hecho grandes avances en este país, recuperando tradiciones e impulsando diversas disciplinas artísticas. Soy Colombiana, estoy orgullosa de serlo y no quiero vivir en el país que me toca, quiero vivir en el país que sueño.

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